jueves, 15 de noviembre de 2012

El pájaro negro




Black bird singing in the dead of night
Take these sunken eyes and learn to see
all your life
you were only waiting for this moment to be free

The Beatles


Para noviembre del 84 yo tenía ocho años y me ocupaba en gastar una parte del tiempo en la casa de pochote que mi padre construyó en las brisas. La otra parte de mi tiempo le pertenecía al colegio nicaragüense francés, un colegio laico lleno de profesores fervientemente sandinistas, donde mis padres me metieron al no darles el presupuesto para el American Collegue. Mi cabeza tenía mucho espacio todavía, no había cultivado muchos recuerdos, apenas unos juegos de correr y esconderme inventados por mí, las borracheras de mi padre y todo lo que me dejaran ver en televisión antes de mandarme a acostar.

Los días eran iguales para mí, los mismos inviernos, los mismos veranos, que se repetían como si el tiempo fuera de melcocha y no de arena fina como ahora. Pero ese año sucedió algo memorable: una explosión en el cielo, que hizo temblar la madera de la casa, como si fuera uno de esos temblores tan comunes en la capital, pero era otra cosa, algo que nadie había visto nunca. 

Era un SR 71, un avión espía norteamericano supersónico, que causó un estampido que se oyó en Managua, Masaya y puerto Corinto; era parte de las operaciones que siguieron a la fragata estadounidense, que el día anterior se había internado a cinco millas del puerto, siguiendo a un carguero soviético, que, según Washington, transportaba aviones Mig.

Para mí el paso del pájaro negro –como llamaban los diarios al SR 71- era algo maravilloso, nada que ver con operaciones bélicas o transgresiones a la soberanía nacional. Imaginaba un avión largo y negro que rompía el cielo con su vuelo, casi arrastrando techos y casas como un huracán.

Ahora, miro 29 años hacia el pasado, e imaginó que la barrera sónica se rompe en infinitos fragmentos y los sonidos del pasado se mezclan sin orden ni tiempo: la voz gruesa de mi abuelo, el coronel Germán Sánchez, comunicándose por radio con las tropas enmontañadas de la constabularia, que buscaba a Sandino y sus hombres para matarlos; el teclear rápido de la máquina de escribir de mi madre, despachando los camiones estatales que llevaban a los chavalos en las cruzadas de alfabetización, a las montañas infestadas de contra revolucionarios; el sonido sordo y pesado de la granada de dos espoletas –que no explotó- al golpear la espalda de mi tío Benjamín Argüello, cuando era zapador en el servicio militar de reserva; el estruendo del revolver de Benjamín –ya desmovilizado y en el desempleo- firmemente pegado a su barbilla; el llanto de mi primo Giovanni cuando regresó en uniforme del servicio militar patriótico, sólo para encontrar la vela de cuerpo presente de su padre Benjamín.

El pájaro negro pasa y se lleva con él todos esos sonidos; yo simplemente sigo jugando, sin saber que dentro de 29 años recordaré aquel estruendo, tan parecido a lo que debe ser el sonido de una bala.

Alberto Sánchez Argüello
15 Noviembre 2012 

martes, 10 de julio de 2012

¿Qué hago yo ante el acoso?




“(…)La historia del acoso cambia de mujer en mujer, transita de la agresión verbal que ellos llaman enamorar a la agresión física que muchos ni reconocen como tal (…) algunas mujeres dicen que es radical querer encarcelar a los hombres por enamorarla a una en la calle”

Manifiesto corporal y libertario

Contaba con ocho años, en quinto grado de primaria, la primera vez que tuve una interacción cortés con una mujer. Se llamaba Viviana, y era la niña más odiosa del aula, con una voz ronca autoritaria mantenía a raya a todos y todas. Se sentaba delante de mí y de repente se le cayó un lápiz, yo sin mucho pensar lo recogí del piso y se lo pasé. Ella toda sonriente (primera vez) me dijo “que caballeroso” y yo, que nunca había escuchado aquel término, experimenté un cierto gusto inexplicable.

Se volvió un hábito desde entonces recoger pertenencias caídas, abrir puertas, mover sillas, ofrecer ayuda, en fin, todo el repertorio de lo que “se supone” un hombre caballeroso debe hacer por las mujeres. Todo eso lo llevé conmigo a la Universidad Centroamericana (UCA) a la que trasladé mis estudios desde la Universidad Católica, allá por 1996. Recuerdo que siendo el primer día de mi traslado a tercer año de Psicología se le cayó un lapicero a una joven mientras yo pasaba al lado. Yo automáticamente me agache y se lo pasé, otra que estaba sentada al lado de ella, Coralia Guerra, líder de UNEN que sería luego mi mejor amiga en aquellos años, me dijo “No papito, aquí te vamos a quitar eso” y en efecto, me lo “quitaron”

No recuerdo bien como llegaron a mí unos cuadernillos que había elaborado el Programa Interdisciplinario de Estudios de Género (PIEG) de la UCA por aquel entonces, la cosa es que terminé leyendo toda una serie de reflexiones y análisis sobre el género, la masculinidad y el patriarcado y fuí entendiendo que había toda una historia no contada de la construcción cultural de los roles de género. Eso más el “descondicionamiento” de mis amigas de la universidad me fueron mostrando que la caballerosidad, entre otras conductas, no era más que los roles funcionando con conceptos de desigualdad ocultos tras sus aparentemente inocentes presentaciones.

Ahora, leyendo el “manifiesto corporal y libertario” (http://gabrielakame.blogspot.com/2012/07/manifiesto-corporal-y-libertario.html)  me volvió a la memoria este recorrido que hice yo con el concepto de “caballerosidad” y en pláticas con Miguel, mi amigo español, analizamos el término “enamorar” y nos dimos cuenta que desde ahí, al igual que cuando yo creía que ser caballeroso era una conducta adecuada, hay personas hombres y mujeres por igual, que consideran que dar y recibir halagos verbales o insinuaciones toscas y vulgares en la calle es normal y hasta deseable

De acuerdo a wikipedia el enamoramiento es “un estado emocional surcado por la alegría y la satisfacción de encontrar a otra persona que es capaz de comprender y compartir tantas cosas como trae consigo la vida” luego enamorar a alguien es desear compartir cosas con esa persona, mostrarle el afecto que se tiene por ella. ¿Es eso lo que buscan los hombres cuando le dicen cosas a mujeres (casi siempre desconocidas) en la calle?

El problema de los hábitos anticulturales patriarcales comienza con el uso de eufemismos y palabras que no corresponden a la realidad. Mucha gente ve normal que hayan hombres que “enamoren” a las mujeres en la calle, ¿verdad? ¿Pero qué tal si cambiáramos el término y le damos el nombre que realmente debería tener? algo así: mucha gente ve normal que hayan hombres que acosen a las mujeres en la calle.

Llamar a las cosas por su nombre permite desarmar el patrón y desnudarlo para poder analizar la conducta y los hábitos asociados. Nadie “enamora” en la calle, los hombres que se comportan así lo que hacen es acosar, importunar, agredir verbalmente, joder pues.

Y me pregunto ¿qué puedo hacer yo frente al acoso? Evidentemente no es suficiente dejar de ser “galante” y “caballeroso” o leerse los cuadernillos del PIEG, hay algo más ahí afuera, algo que se llama acción política y las mujeres no deberían ser las únicas en hacerlo. A veces pareciera como si el tema del acoso es un asunto entre las acosadas (virtualmente todas las mujeres) y los acosadores, pero ¿y yo? ¿Y el resto de hombres que nos repugna el acoso, que estamos buscando construir nuevas formas de masculinidad o de humanidad pues si queremos trascender de esas etiquetas?

Yo he probado desde agredir verbalmente a los acosadores, pasando por tirarles besos hasta miradas matadoras, pero nunca me he sentido conforme y lo que me dicen también es que si me pongo a agredir al acosador estoy desempoderando a la mujer y cayendo de nuevo en el arquetipo patriarcal del caballero… entonces ¿qué hago?

Pues para comenzar escribir esto, dejar abierta la reflexión, hablar con otros hombres sobre el tema, meter este tema en espacios públicos y privados, convertir el denunciar el acoso en un hábito colectivo y convertirlo en una conducta desaprobada socialmente.

Hagamos del acoso una plática de hombres con hombres y de hombres con mujeres, ya es hora de que llamemos y hablemos del acoso por su nombre.

Alberto Sánchez Arguello
Managua 10 Junio 2012

miércoles, 4 de julio de 2012

Encuentro con la reina de corazones rojos



Normalmente he vivido mi vida pensando que la gente es buena mientras no se demuestre lo contrario y por ende tiendo a tener expectativas positivas de los demás. Esto claro me ha traído calificativos de tonto y confiado, pero es lo que opto por ser: un optimista social.

Lógicamente mi experiencia de vida en cuanto a traiciones, agresiones y ataques personales es escasa. He tenido mis momentos amargos con ciertas personas, pero sigo creyendo que son la excepción que confirma la regla; esto lo he vinculado siempre con la idea de que se recibe lo que se da, que lo que hago a otros y otras tarde o temprano se me devuelve; y arriesgándome a sonar a Cohelo, puedo decir que creo que la bondad y la solidaridad humana existen y están presentes en todos lados, a veces dormidas a la espera de un testimonio que las despierte.

Sin embargo, a veces hay eventos que me apagan, como si la llamita que me ilumina se esfumara sin aviso y pues, algo así  me pasó el viernes pasado. Ese día, fui como de costumbre con Luna y Kame al parque por la Alianza Francesa en Managua. Me aparqué por el costado donde está la casa del café y procedimos a jugar con ella mientras recibíamos la dosis de sauna correspondiente, cortesía del clima de la ciudad.

Al terminar, el Land Rover 1972 de mi abuelo estaba entre dos vehículos. Miré hacia atrás y no había nada, así que confiado en que aquella era una vía de un solo sentido, me abrí ampliamente hacia la derecha para luego bajar en dirección al edificio Pellas.

No más había sacado el morro del Jeep y comenzaba a enfilarme vi un vehículo pequeño que se venía rápido frente a mí. Frené en seco en media calle y el conductor  contrario hizo lo mismo. Acto seguido empezó a maniobrar hacia  mí derecha buscando como salir de ahí. Yo, estupefacto con todo eso, desplacé la ventanilla del copiloto para decirle que iba contra la vía, que se iba a matar. Del otro vehículo bajó también la ventanilla del copiloto y una señora blanca, de unos 55 o 60 años, empezó a insultarme diciéndome que “quitara esa mierda vieja” Yo, molesto y sorprendido le volví a decir que iba contra la vía y ella evidentemente ofuscada, buscó algo a un lado de su asiento y luego me mostró un hacha pequeña gritando  “con esto te cortaría la cabeza” (¿pero qué gente es esta que anda un hacha en su carro?) Yo me quedé mudo y lentamente enrrumbé el Jeep mientras ella, que ya había logrado avanzar hacia atrás, se iba contra la vía.

A mí nunca me había amenazado nadie, ni de manera real ni simbólica. Bueno, miento, un par de días atrás, avanzando hacia la rotonda gueguense una camioneta doble cabina que venía acelerando a millón, me pasó diciéndome que me quitara de en medio, yo le mandé a la mierda, el me hizo la guatusa y yo se la hice doble y con la lengua de fuera, en el más puro espíritu preescolar. En ese momento, ya puestos lado a lado frente a la rotonda, el conductor se bajó de su carro, un hombre blanco, grande, voluminoso, entre 35 y 40 años, se pegó a la puerta del copiloto y le pegó con la mano abierta a la ventanilla invitándome a bajar. Yo, pensando que ya iba tarde para casa y con una sensación surreal de todo aquello, no lo hice, le dije que estaba parando el tráfico; Él me hizo la señal internacional de “tenés culillo” y volvió a montarse a su vehículo para irse.

El evento con esta especie de “guerrero del camino” sólo me dejó un mal sabor como el que deja un chiste de mal gusto de los que dan pena ajena; pero el encuentro con la reina de corazones rojos me puso mal. La típica pregunta de “¿qué estoy haciendo para que me ocurran estas cosas?” afloró en el fondo de mi mente, a la vez que me cuestioné sobre ¿qué tan seguros estamos realmente? ¿Hasta donde se está convirtiendo Managua en una de esas orbes donde campea la locura? o ¿todo se puede atribuir a este cambio climático que nos está reventando el termómetro en medio de un parque vehicular que se desborda año con  año?…

Esto del hacha me generó al mismo tiempo tristeza y una sensación de indefensión. Mientras experimentaba esa mezcla de sentimientos amargos, me acordé que no había escrito aún ningún post sobre seguridad ciudadana para el festival de blogs de Nicaragua y que esto era, para mí, una dimensión del tema que no había pensado: ¿Hasta dónde estamos realmente seguros? ¿Qué tanto los demás son una amenaza a nuestra seguridad? ¿Qué debemos hacer para protegernos en la ciudad? ¿Hasta dónde debemos preocuparnos sin perder la tranquilidad en nuestras vidas?

En fin, no tengo respuestas, pero si me queda claro que debo ser más cuidadoso, que mi percepción de riesgo está por los aguacates, que hay que evitar provocar a la gente y que más vale esperar carros contrarios a la vía, uno nunca sabe cuándo se puede encontrar una reina de corazones dispuesta a cortarle la cabeza a uno.

Alberto Sánchez Arguello
Managua, Nicaragua 4 Julio 2012

Imagen dibujo de Tenniel Alicia en el País de las Maravillas

lunes, 11 de junio de 2012

Presentación del desnudo




“Debo crear mi propio sistema o estar esclavizado por el de otro hombre” 

William Blake (1757-1828) 

El Viernes 8 de Junio finalmente se concretó esa idea loca de la librería Literato, propuesta por Julie Vallejo, de realizar una presentación del libro digital de antifábulas y ficciones, una compilación de 93 microficciones en 140 caracteres publicadas originalmente en twitter.

A la locura se había sumado también Israel Lewites, Ingeniero y video disk jockey,  que propuso crear para la ocasión 10 videos cortos basados en una selección de las microficciones. El resultado fueron cuatro minutos de imagen y sonido que impactaron mi cerebro y me removieron los intestinos.

Ya de por sí es bastante extraño que en Nicaragua se haga una presentación de un libro que no existe impreso, sino que deambula por ahí en la nube bajo licencia creative commons, pero encima de eso poder contemplar una encarnación audiovisual de una parte de las historias fue para mí toda una revelación.

Israel me devolvió mis obras desde su voz y su mirada y pude ver y sentir esos pequeños textos de una forma nueva. Normalmente al escribirlas se forman en la mente y se disparan hacia el teclado del teléfono sin mayor emotividad en el proceso. Al leerlas después lo hago más con un criterio estético y ortográfico y no pasa a más. Pero puestas en escena con un arreglo sencillo y bien logrado, fue como si entraran en forma de agujas y tocaran los puntos sensoriales que no me había permitido sentir al escribirlas.

Eso sumado a los comentarios expresados después por Sofía Montenegro y William Grisgby Vergara, terminó por generarme una sensación de estar desnudo. Ahí entendí que una cosa es escribir en twitter, sin rostro ni miradas externas, y otra ser mostrado a un público como “el autor”

De repente las convenciones sociales del “que dirán”, la preocupación por lo pertinente o la calidad de la obra me acecharon por primera vez, pero sobre todo, los fuertes sentimientos que había ocultado (incluso de mí mismo) en esas cápsulas de 140 caracteres, hicieron presencia también.

El evento para mí significó ser testigo de mis propios textos y a la vez experimentarlos emotivamente por primera vez. Me hice conciente de cómo han sido creados como trozos de ideas, perspectivas y sentimientos que lanzados a la red dialogan con otros y otras espontáneamente.

Pude percatarme de que como las microficciones que propongo son los pequeños ladrillos con los que construyo mi propio sistema, mi propia realidad, de manera caótica, encapsulando las traducciones de aquello que digiero a diario.

Al final del evento, el libro me lo presentaron a mí también.

Alberto Sánchez Arguello 

Foto: Jorge Roossess

jueves, 7 de junio de 2012

El cuento de mis cuentos



Para comenzar a escribir este post me levanté a las cinco de la mañana, buscando ese momento silencioso que los pájaros rompen con buen tino. Luego entre procrastinar con las redes y no saber por donde empezar dejé que el sol entrara cada vez con más libertad por la ventana. Finalmente me levanté de la silla, abrí una gaveta de mi “archivo” y saqué tres cuadernos “hechos en Nicaragua por industrias Mercurio”  En ellos, a mano y en grafito, están mis primeros cuentos, escritos entre 1990 y 1991, tenía yo 14 y 15 años.

Recuerdo que en la clase de español nos pidieron por aquel entonces aplicar los tiempos verbales y tipos de frases elaborando ejemplos escritos. Yo aproveché aquello para redactar microficciones, obviamente yo no sabía lo que estaba haciendo, era más un juego de imaginación y una excusa para divertirme, así empezó todo.

En esa época me pegaba mucho la ciencia ficción, aunque he de confesar que había leído muy poca, lo mas “fábulas de robots” de Stanilaw Lem, una hermosa versión ilustrada  que presté en la biblioteca infantil del parque Luis Alfonso de Managua, biblioteca que lamentablemente ya no existe. La poca lectura era compensada con películas como odisea del espacio 2001 y Blade Runner, además de los nombres y portadas de incontables libros de mi padre dispersos por todos los estantes de la casa; libros de Paul Anderson, Arthur C. Clark, Ray Bradbury e Isaac Asimov. De todos estos fue a Asimov al que si di seguimiento más adelante y me leí de un tirón su serie de fundación e imperio, una pasada.

El punto es que ahí están esos cuentos de robots, héroes galácticos y exploraciones espaciales, temas que no volví a tocar, porque además nunca me consideré escritor. Fue hasta el año 2002 que volví a escribir, 11 años después. Para entonces mis múltiples viajes al macizo de peñas blancas, zona núcleo de Bosawás, me habían tallado nuevos temas e intereses. En aquel momento me encontraba leyendo “El Aleph” y “el libro de arena” de Borges, recomendados por Germán Pomares, que siempre me estaba animando a escribir. El cruce de lecturas y vivencias desembocó en “Las cinco y media” un cuento borgiano que narraba la historia de un personaje real de la comunidad de peñas blancas con trazos de ficción. Al año siguiente la Fundación Libros para niños convocó al primer concurso de literatura infantil y juvenil y yo decidí concursar en la juvenil. Como siempre dejé todo para después y terminé escribiendo “La casa del agua” en un mes a toda pastilla. Una vez más, recurriendo a mis experiencias personales en la gran montaña norteña.

Hasta ahí me llegó la pólvora, lo volví a dejar. Con cierto entusiasmo comencé a escribir “Chico largo y charco verde” pero al enterarme de que como ganador estaba vetado de concursar de nuevo con la Fundación, me desilusioné y cometí el sacrilegio de dejarlo inconcluso, no escribí más.

Tres años después lo retomé. Aún con tonos borgianos disparé unas cuantas historias y eventualmente retomé “Chico largo”. Que cosa más difícil volver sobre un escrito olvidado, pero terminarlo fue una de las más experiencias más agradables que he tenido en este asunto de escribir. Me acuerdo que esperando a @SimoneMontiel en el lobby del sitio donde ella llegaba a hacer “Belly Dance” me ponía con una gran laptop Dell a retomar capítulo a capítulo, y sin saber muy bien donde iba  a parar.

Ya desde entonces no paré. El 2010 fue un año particularmente productivo y claro en el 2010 nació la Luna de mi vida. Lo que significó también un cambio de contexto. En el 2011 mi madre murió y mi manera de vivir el duelo fue escribir cuentos y poemas, llené el blog. En Agosto de ese mismo año ya había agotado esa veta y no me hallaba escribiendo cuentos cortos. Mi trabajo que me daba muchos tiempos congelados en los trayectos hacia Matagalpa, Estelí, Bilwi, Corn Island, Granada y León, más un smartphone conectado todo el tiempo, me dio la perfecta excusa para empezar a jugar con los estados de facebook creando la serie de los “hiperbreves”; a partir de ahí Emila Persola alias Martín Mulligan me retó a pasar de 300 caracteres a 140 en twitter. En Octubre asumí el reto, abrí la cuenta @7tojil y me adentré neófito en el mundo de los tuits.

Escribir “online” es otra cosa. Además hacerlo desde 300 caracteres en primera instancia me ayudó a concretar, simplificar. Pero también convirtió el escribir en una experiencia más interactiva, ya que los lectores comentan y a veces hasta desarrollan las ideas. Ya desde twitter la concreción se volvió máxima, al punto que al inicio pensé que era imposible crear narrativas profundas. Luego está el tema de los tiempos: los estados de facebook y los tuits están en un “time line” una línea del tiempo que se actualiza minuto a minuto y todo lo escrito se pierde, es fugaz. Pero al compilar mis textos y publicarlos en el blog semanalmente se les da un carácter permanente y vuelven desde el olvido de la línea temporal.

Y claro, escribir “online” directamente en la redes genera mayor divulgación, o al menos esta ha sido mi experiencia. Escribir hasta antes del 2011 para mí fue más una experiencia solitaria, conocida por unos pocos amigos y uno que otro inscrito al Blog. Ahora se ha convertido en una especie de “reallity” como decía Carlos Lucas Arauz. Escribo en “tiempo real” en Twitter, de ahí se enlaza a Facebook donde la gente da “likes” y comenta; yo rescato los textos en Word, edito y publico en pequeñas antologías en el Blog que se ha convertido en una bitácora de estos experimentos narrativos.

Este es el cuento de mis cuentos, y pues, ahí les seguiré contando.

Alberto Sánchez Arguello
@7tojil
7 Junio 2012


Imagen: Ajubel

viernes, 1 de junio de 2012

Yo de niño



Aquí voy de nuevo, todo mundo tuiteando con el hashtag de #YoDeNiño y yo que empiezo a recordar y por supuesto, procrastinar con otro texto para mi Panóptico.

Yo fui niño en los ochenta. Para mí los recuerdos comienzan en 1979 con la casa de mis padres, con ellos y mis tíos tumbados en camas o sofás mientras me dicen que afuera está la guerra y yo ilusionado con ver tanques en la callecita de mi barrio, pero desilusionado al ver solo uno que otro “push and pull” a lo lejos en el cielo. Eso sí, me daba gusto un año después, tocando y jugando con un pedazo de misil metálico (la cola) y un casco de la Guardia Nacional que no sabía muy bien como había llegado a casa pero me daba igual.

De esa época recuerdo mucho tiempo libre, sobre todo en las tardes. Cosa curiosa es que recuerdo muy poco del preescolar y primaria y más de horas y horas dibujando en papeles blancos que mi papá me traía de su oficina en el Instituto de Turismo donde era Jefe de Proyectos, a la vez que me pedía que dibujara en los dos lados de las hojas para ahorrar, y yo, que consideraba aquello un absurdo, no le hacía ningún caso.

Después de dibujar me quedaba viendo un reloj cilíndrico de plástico de mí mamá que me decía la hora en que comenzaba la televisión, que me parece era a las 3pm o 4pm. Me sentaba ante las rayas de colores y esperaba a que el canal Dos arrancara.  Y claro, me lanzaba cantidades navegables de muñequitos: Barbapapá, los pitufos, el pájaro loco, cósmico, Félix el gato, la princesa de los mil años, Barner y Flapy, la vida es así, Ruy el pequeño Cid, Remy, Abejita miel; más tardíamente Dartanias y el osito Misha. Y bueno en Imelsa, la librería estatal de aquel entonces, me compraba la revista rusa Misha, Zunzún y una revista de comics cubanos que era una pasada. Mi padre también me prestaba una revistilla de comics suramericana “Dartagnán”, que él conseguía en un lugar de revistas y libros usados que quedaba en Jardines de Veracruz.

Bueno, el hábito de ver muñequitos nunca lo perdí, más adelante me lancé Dragon Ball, Duckula, la vida moderna de Rocko y Bob Esponja… y ahora me lanzo con mi Luna Los Backyardigans, Jelly Jam, George el curioso y hasta Hi5..

Yo de niño me aterrorizaba en las noches pensando que debajo de mi cama había un monstruo verde con uñas como garras, que en el cuarto que usaban las señoras que trabajan en casa vivía (cuando estaba desocupado) un ser largo como de cera y con ojos plateados (parecido al que describe Edelberto Torrés que atemorizaba a Darío) y en las acacias del patio trasero imaginaba un monstruo entre mono y hombre lobo. Por eso de noche me ponía la sabana hasta encima de la cabeza y a veces hasta la almohada para que ningún monstruo me viera.

Yo de niño aprendí muy temprano a jugar solo, al comienzo haciendo torres con tacos de madera que mi papá traía de las obras que supervisaba y que cuando se me caían me entrababa un coraje tan grande que me dolía la cabeza. Luego inventé juegos como de estar en una especie de show en vivo, que ahora que lo pienso eran precursor de los “reallitys” actuales porque tenía audiencia imaginaria y todo y el show era mi vida. En fin…

Yo de niño iba con mis padres en semana santa al mar, al tránsito en la costa pacífico y me bañaba hasta que se me arrugaban los dedos… jugaba solo como si estuviera disparando a alguien y me metía arena en la boca para sacarle como sangre al ser impactado por el “otro”


De niño le contaba todo a mi mamá, pero me sofocaba que siempre quería abrazarme y besarme y me zafaba en cuanto podía. Por otro lado buscaba mucho a mi papá para contarle mis logros pero él era de la creencia de que responder muy efusivamente me haría vanidoso, así que quedaba frustrado con lo que yo consideraba eran respuestas frías.

Yo de niño comía mucho dulce. En "la gritería" salíamos al barrio y a monseñor lezcano y mi papá cantaba a viva voz sin vergüenza mientras mi madre y yo nos quedamos atrás de él con penita. Al final me daban todos los dulces a mí y amanecía con dolor de estómago… sigo siendo un exagerado al dulce.

Yo de niño descubrí en la biblioteca de mi colegio a Tintín, Asterix, Lucky Luke, Spirou y muchos otros cómics y durante años me los leí en los recreos o prestados en casa con mi papá intentando traducírmelos (estaban en francés)

Seguiría mucho más, pero hasta acá llega el tiempo que me he dado esta vez para recordar así, desde la luz, desde el placer y la alegría, muchas otros recuerdos en movimiento, tantas vidas soñadas… al final aún sigo siendo yo, siempre.

Alberto Sánchez Arguello
1 Junio 2012

jueves, 24 de mayo de 2012

Procrastinación


La procrastinación (del latín: pro, adelante, y crastinus, referente al futuro) o posposición, es la acción o hábito de postergar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras situaciones más irrelevantes y agradables.


Wikipedia


Ya llevo cierto tiempo hablando de mi problema de procrastinación y me doy cuenta que esto va en serio y que ya es hora de ponerle un poco de mente, por otro lado hacer un post de procrastinación en vez de avanzar en la lectura de un documento que tengo pendiente es en sí procrastinar, no tengo remedio.

Vamos a ver, yo me acuerdo estar en primaria y copiar carteles en las clases de español y sociales y no lograr terminar antes de que borraran la pizarra (en aquel entonces era cosa de pizarras verdes y tizas) Cuando después salía mal en los exámenes por no haber leído la información completa, se descubría que la razón eran las ilustraciones que hacía en los márgenes de los cuadernos y más concretamente los “marcos” de grandes manzanas con gusanos sonrientes en los que metía el texto de las clases. El punto era que priorizaba los marcos antes que los textos.

Mis dibujitos al margen siempre de cuadernos y libretas han sido un buen indicador de mi nivel de interés en una clase o conferencia, en una relación inversamente proporcional.

Lo mismo aplicaba para los estudios y los exámenes. En algún momento lo que me salvó fue la memoria; el estudiar “al tubo” que le decíamos en los ochenta, aprendiendo punto por punto una lección a última hora para poder sobrevivir.

Pero luego, al estar en vacaciones, cesaba de dibujar y pasaba a aburrirme como una ostra. La más de las veces me enchufaba todos los muñequitos de la televisión (bellas animaciones rusas e inicios del animé japonés entre otros) y alguno que otro libro. Pero siempre que estaba en una cosa, estaba pendiente de otra, algo así como una insatisfacción permanente o un deseo de hacer varias cosas a la vez.

Al estar estudiando quería dibujar, cuando me ponía a dibujar quería leer, cuando me ponía a leer quería ver televisión y cuando miraba televisión… bueno, cuando hacía eso muchas veces me sentía culpable por estar de improductivo, pero igual me lanzaba mi dosis frente al bulbo.

La cosa se puso buena cuando empecé a trabajar. Para rendir bien me hice experto en inventar tareas, eso sí, acordes a mi puesto y muchas veces de carácter innovador. Solo así lograba no aburrirme; además me fui puliendo en el arte de hacer las tareas asignadas rápido y bien; pero además me metí a trabajos que en sí fueran creativos y sin una rutina laboral tan evidente: dar clases en la universidad, asistente académico de postgrado, facilitador de talleres, oficial de programa de incidencia y claro, la mejor de todas: consultor.

Ser consultor es para mí el procrastinar laboralmente: todo tipo de trabajos de corto y mediano plazo con todo tipo de organizaciones, cambiando continuamente de retos y actividades. Así que al contrario de especializarme me diversifiqué.

Mientras tanto igual seguí dibujando y también escribiendo, lo que me lleva a internet. Mi primer contacto con internet en serio fue con Bacanalnica, el paraíso procrastinador de los noventa. Me hice adicto a los foros literarios hasta que me salvó una borrada que hizo no sé quien de buena parte de los foros y en protesta me salí (bien por mí) Años después conocí Facebook y me volví a enganchar y claro, el año pasado entré a twitter y fue el acabose.

Esa constante necesidad de estar haciendo “otra cosa” que en los noventa se tradujo en publicar ilustraciones en “El Azote” de La Prensa, luego artículos de opinión El Nuevo Diario, la canalicé a blogs en el 2000 y mantuve un buen equilibrio hasta que me inventé hacer microrelatos en el 2011.

El matrimonio de un BB asignado, redes sociales y tiempo libre dio como resultado centenares de microficciones saturando la nube; tantas que siento mi mente descolocada cuando hago series de cuatro o cinco, que aunque sencillas en apariencia se asemejan a la tarea de armar cubos de rubrik a velocidades cuánticas, armando y desarmando configuraciones de palabras hasta alcanzar los 140 caracteres o menos que permite Twitter. 

Y bueno de un tiempo para acá me ha tocado estar más atento a la procrastinación porque los microrelatos se forman solitos en mi cabeza la mas de las veces y ya me veo tecleando el BB incluso manejando el jeep, chiva!

Mi mente vuela, a estas alturas sé que es un rasgo mío, probablemente uno de los rasgos que me ha permitido ser exitoso en prácticamente todos los trabajos que he tenido. Claro, ese vuelo lo he aprendido a pilotar; es una especie de equilibrio dinámico entre caos y orden en el que un propósito de vida claro y algunas pautas de eficiencia y compromiso evitan que me vaya al abismo, aunque siempre coqueteo con él abismo… es parte de ser un procrastinador empedernido.

Alberto Sánchez Arguello
Procrastinando a las muy 10:30am de un jueves.



viernes, 18 de mayo de 2012

Un punto para los(as) consumidores(ras) nicaragüenses!


Bueno, pues con la novedad de que he decidido abrir un tercer blog (echando más gasolina a mi severo problema de procrastination) y lo estoy inaugurando con un post sobre algo que ocurrió hoy a las 8:30am.

El asunto es que nos llegó la factura de la luz, y atento como siempre a la gráfica de consumo me encontré con un aumento de 10 KWH. Podría haber sido un aumento de 5 e igual lo habría considerado inaceptable dado el flujo de consumo constante de nuestra casa, no cambiamos equipos y usamos las cosas de la misma manera diario. Sumado a esto me fije que ponía que me estaban facturando 33 días, esto me resultó sospechoso y pensé si sería por ahí que venían los 10 KWH extras. Consulté las leyes vía internet y gracias a San Google descubrí que en el 2001 hicieron una variación a la ley que les permite facturar 28 días mínimo y 33 máximo, así que eso no lo podría reclamar.

Pero bueno me dije, siempre hemos tenido el subsidio por bajo consumo y que el que no llora... ya saben el resto. Consulta previa con mi buen amigo Jorge Roosseess, me fuí a Union Fenosa frente a Price Smart, con la factura y una carta con el reclamo por escrito y su respectiva copia para el recibido. En la carta puse algo así como reclamo por no estar de acuerdo con lo facturado, dado el consumo histórico y no haber echo cambio de equipos ni de hábitos de consumo.

Yo muy envalentonado y con una especie de resignación de pasar un año luchando llegué a las 8am, además con un libro para soportar la enorme fila que imaginé hallar. Al final ni fila ni lucha. El joven que me atendió me recibió los papeles casi al llegar (solo habíamos unas 6 personas en el lugar) leyó, preguntó mi nombre completo y dirección exacta. Luego de unos cinco minutos máximo me dijo que tomando en cuenta el histórico de mi facturación, en el que he recibido el subsidio por bajo consumo y que se me había facturado 33 días me harían una nueva factura bajando de C$ 942.67 a C$ 516.79. La nueva factura llegaría en 5 días y sino que igual me presenciara con la factura actual y la hoja que el imprimió registrando el reclamo, para pagar con el nuevo costo (que para entonces ya estaría registrado en su sistema)

Así que si usted ha tenido un histórico de bajo consumo y le han facturado 33 días con el resultante de un incremento importante en los KWH váyase ya a Unión Fenosa y reclame sus derechos. Bueno, es válido para esa situación o para cualquier otra en la que usted perciba que la distribuidora de energía está facturando mal. Antes le habría dicho que eso era inútil pero valiente, ahora puedo decir que es útil y valiente.

A construir ciudadanía pues...