jueves, 24 de octubre de 2013

TALLARINES




Mi abuelo Benjamín Argüello siempre quiso tener un hijo varón. Para su desgracia, todos morían al poco tiempo de haber nacido, sólo las niñas sobrevivían. Por eso, cuando tuvo sus segundas nupcias con mi abuela y ella dio a luz a mi madre, él se fue, las dejó solas en el barrio Cristo del Rosario de aquella Managua, que mató el terremoto.

Mi madre me contó que mi abuela le dio de comer durante un año tallarines, era lo único que podía comprar, la bolsa no le daba para más. De niño yo escuchaba esta historia y me imaginaba a mi abuela cocinando en una enorme porra del tamaño de la cocina y a mi madre, una bebé blanca y regordeta, cubierta de fideos y salsa de tomate.

Después de ese año de spaghetti, mi abuelo volvió y decidió convertir a Lidia en su hijo varón. La llevaba a ver peleas de boxeo y al estadio a los partidos de baseball. Imagino que por eso mi madre jugaba conmigo –en mi adolescencia- a dar golpes con sus pesados puños; también gustaba de la música que ella llamaba de cantina y beber ron plata, así sin nada, el puro jaibol. Mi abuelo la crió ruda, sin caricias, más que aquellas que le daba cuando la sentaba en su regazo, para tocarla bajo su falda, lejos de la mirada de los demás; con la memoria herida de mi madre como único testigo.

Al tiempo fueron naciendo los tres hermanos que mi madre tendría que cuidar y mantener, en el momento en que mi abuela sufriera el derrame que la incapacitó y mi abuelo -incapaz de vivir sin aquella mujer fuerte y colérica- muriese de tristeza.

Uno de esos hermanos fue el primer hijo varón que mi abuelo finalmente pudo ver crecer. Su Benjamín, un niño de rizos dorados y sonrisa grande como el mundo; un niño que sería economista y sobreviviría los horrores de la guerra en las montañas del norte de Nicaragua, para morir –al decir de mi madre- a la edad de cristo, por una bala voluntariamente aceptada.

A veces pienso que la vida de mi madre habría sido otra si mi abuelo no hubiese regresado. Talvez su mente no habría empezado a resquebrajarse bajo las manos que se escondían dentro de su falda; podría haber vivido su juventud en vez de trabajar para que mis tíos se graduaran. Después de todo, comer tallarines no es tan malo.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2013

jueves, 17 de octubre de 2013

EL MAR


René Quinton pensaba que la vida se originó en el mar, y que cada cuerpo humano es como un pequeño océano en el que flotan las células.  Yo no puedo confirmar su tesis, pero si reconozco que mi cuerpo siempre se ha sentido en casa cuando está en el mar.

Desde niño mis encuentros anuales en semana santa, durante los viajes familiares, eran la epitome del placer salino; me convertía en un encurtido que se conservaba bajo el vaivén de los tumbos y las olas, respirando la espuma blanca del pacífico.

Tenía para mí los distintos tipos de baño: el matutino con la marea baja y una gran playa seca, llena de caracolitos; el de media mañana con un sol creciente y olas que me empujaban hacia las dunas y el vespertino de marea alta, con un sabor a peligro y ganas de llegar más allá del horizonte azul.

El mar era también fuente de mis primeras envidias, cuando observaba las latas de comida, jugos y gaseosas que mis primos de la casa vecina llevaban, en contraste con las frutas y agua en botella que me pasaban mis padres. En mi mente de clase de media, ellos eran los ricos, porque su mamá –hija de hacendado- podía comprar en la “diplotienda” y llevaba cocina, refrigeradora y hasta televisor al mar; mientras que mis padres trabajaban para el Estado y no les daba más que para llevar comida del mercado y cocinar con carbón.

Yo no sabía ni entendía entonces, que yo era un rico a los ojos de los niños que trajinaban el tránsito, descalzos, vendiendo tortillas o dulces de coco. Mi comprensión de las cosas era muy limitada, sólo sabía que odiaba el colegio, que no me gustaba que mi madre a veces se encerraba en su cuarto, que no había nada mejor que ver los muñequitos por las tardes y que una de mis primas –de las que estaban en la casa del lado en el mar- me gustaba mucho.

Recuerdo que estaba intentando espiar a mi prima a través de los agujeros de una pared, cuando el hermano menor de mi mamá llegó al mar. De lejos vi a mi madre caer al suelo después de algo que él le dijo. Nadie me explicó nada, los adultos iban y venían asustados y yo me fui enterando con el tiempo, que mi tío Benjamín se había suicidado y que la mujer que regresó con nosotros a casa, no era mi mamá, sino un monstruo llamado bipolaridad, al que aprendí a temer y odiar desde aquella primera crisis de la que fui testigo los meses siguientes.

Aquel verano sentí que algo dentro de mí se cerró para siempre; quise quedarme flotando en el mar, como lo hacen las células en mi sangre.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Octubre 2013


Imagen: fuente internet


miércoles, 16 de octubre de 2013

LA MUERTE Y YO



La muerte y yo nunca hemos sido muy cercanos. Nos encontramos ocasionalmente en funerales que no me causaron mayor emoción; ella siempre ocupada con los cadáveres ataviados con sus mejores ropas, yo cumpliendo con alguna exigencia social heredada de mi familia. Se podría decir que nuestra relación ha sido de mero compromiso.

Ni siquiera la muerte de algún gato muy querido, a picotazos de un gallo, me pudo acercar a ella. Imagino que alguna responsabilidad tuvo mi madre en todo esto; no sólo porque la culpe de mis extravagancias emocionales, sino porque trató de mantenerme en una burbuja, o bien no hizo mayor cosa por romper la que yo cultivaba desde mis libros.

Por eso cuando entré al cuarto de mis padres, dónde ella estaba en coma, respirando como si una máquina vieja habitara sus pulmones, no tuve espacio para la sorpresa ni la pesadumbre. Me decía a mi mismo que esa muerte era anunciada, esperada incluso, no por mí claro, sino por el niño que fui que la mató en tantas ocasiones, que seguramente algún cementerio imaginario crece por ahí, en uno de los predios baldíos de Managua.

Mi madre estaba ahí, dándome la oportunidad de besar sus mejillas macilentas, o al menos sostener su mano mientras la sangre aún buscaba frenética hacer sus últimas giras desde el corazón hasta los pies, pasando por esa mente que consumía sueños y pesadillas como último adiós a la realidad.  No besé sus mejillas ni sostuve su mano, no acostumbro a despedirme de los muertos. Opté por la salida fácil: me oculté en el baño del cuarto.

A salvo en el cuartito de lavado que mi padre adornó con azulejos quebrados con aire a Gaudí, me miré en los múltiples espejos y un yo anciano me miró con tristeza. Él si sentía la muerte de mi madre, él si quería gritar y decir que la amaba y que la odiaba, pero yo no lo dejé hablar, no lo dejé gritar, sólo me quedé ahí en silencio, dejando que mi padre creyera que me estaba despidiendo a solas con mi madre, que estaba finalmente acercándome a la muerte.

Alberto Sánchez Argüello
Octubre 2013


Imagen. Laurie Lipton

lunes, 8 de julio de 2013

MI PSIQUIATRA

En esta vida post moderna el tiempo no nos da para muchas cosas, a uno le toca escoger. Se trata muchas veces de la competencia entre el trabajo, el hogar, la diversión y el auto cuidado. Si además uno es poco organizado aquello se vuelve una labor imposible. De mi parte vivo como el tipo del circo que se la pasa todo el rato estresando al público haciendo maromas con platos, dándole vuelta a uno cuando está a punto de caerse para tener que correr hacia el otro que ya perdió velocidad. Es cuestión pues de la inercia que imprimimos a las cosas y atención que toca repartir.

En mi caso siempre sale perdiendo la salud, tanto física como mental. Voy por la vida igual que un auto viejo al que nunca chequeo ni el agua ni los líquidos, y lo mismo pasa con mis miedos y neurosis. Pero como siempre resuelvo, aunque sea a punta de parches, encontré maneras de esquivar esto de la falta de tiempo. Para el cuerpo he acabado por hacer mal uso de la Internet buscando mis síntomas para aliviar las dudas y para la mente me había contratado un psiquiatra imaginario.

En algún punto de mi cerebro, entre el hemisferio izquierdo y derecho, le habilité una oficina y lo amueblé en el estilo clásico freudiano. Negociamos un contrato exclusivo sin tiempo definido y marcamos una hora imaginaria a la semana. Obviamente yo fallaba muchas veces, pero cuando acertaba a cumplir con la cita el psiquiatra hacía maravillas. Comenzamos con mis problemas de autoestima arrastrados de la secundaria, para pasar luego a temas más gruesos como mis preocupaciones por el calentamiento global, el deshielo de los polos, los terremotos, las maras centroamericanas y mi mala administración del dinero.

Luego empecé a compartir mis temores más cotidianos. Le pregunté si creía que la policía estaba implicada en la golpiza brutal a los chavalos y chavalas de OcupaINSS, que si sería cierto que la deportación del compañero de vida de Zoilamérica Narváez era una venganza de la primera dama, que si el proyecto del canal con una empresa China era una estafa, o que si existen intereses del partido de gobierno en la tala de Bosawás…

El psiquiatra siempre me calmaba, apelaba a mis tendencias conspiranoicas, me recomendaba tomar en cuenta otras fuentes (como los medios de comunicación afines al gobierno) y me daba un chocolate imaginario.

Hace un par de semanas llegué puntual a la cita y me encontré un rótulo en la puerta del consultorio que ponía “Cerrado por exceso de realidad”   Yo me aterré, porque recién empezaba a juntar todas las preguntas que había estado formulando y se me había dibujado un cuadro de mi país que me ponía la piel de gallina; así que me tocó tomar una bolsa de papel y pasar algunos días respirando dentro de ella mientras contaba hasta diez.


Ahora me toca enfrentar solo los miedos que me produce mi país. Por las calles veo a las demás personas tan tranquilas, quisiera saber si se hacen preguntas, si tienen miedo, quisiera saber si tienen un psiquiatra imaginario que les ayuda a calmarse con chocolates… 

Alberto Sánchez Argüello
8 Julio 2013

Imagen: internet

domingo, 30 de junio de 2013

CORTANDO CON LA NAVAJA DE OCKHAM



A mí siempre me ha dado por la fantasía. De veras quisiera que al salir a la calle todas las esquinas estuviesen pobladas por duendes y hadas, ocultos tras los tarros de basura, o por lo menos algún gnomo estuviese taxiando entre tanto desempleado. Pero la realidad es un poco más insípida y nunca he logrado ver un OVNI por más que tuerzo el cuello mirando hacia el cielo y nunca llegó la esperada evidencia del plesiosaurio que se esconde en el lago Ness.

La verdad es que le debo mucho a mis amigos racionalistas que han tratado de inculcar en mi un poco de sentido de común, o al menos el uso cotidiano de la navaja de Ockham, aquella que la buena wikipedia define como “principio metodológico y filosófico atribuido a Guillermo de Ockham (1280-1349), según el cual, «en igualdad de condiciones, la explicación más sencilla suele ser la correcta». Esto implica que, cuando dos teorías en igualdad de condiciones tienen las mismas consecuencias, la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja”

Por eso empecé a aceptar que los sonidos escabrosos de la noche sólo son ratones buscando las migajas que dejé en la cocina, que  si me ha ido bien en la vida no se debe a entidades divinas que vigilan mi camino sino a decisiones acertadas, entre otras cosas.

Luego se vuelve un vicio la bendita navaja. Tan así que al leer el comunicado oficial de la policía nacional en el que hacen referencia tácita al ataque sufrido por los y las jóvenes de #OcupaINSS en el plantón de apoyo a la Unidad Nacional del Adulto Mayor, al decir “Esta posición obedece a intereses oscuros y malintencionados que de forma perversa pretende desacreditar y deslegitimar la labor de la Policía Nacional de Nicaragua, presentando y manipulando a través de las redes sociales y algunos medios de comunicación, imágenes y videos de hechos que no ocurrieron en nuestro país y que tampoco fue realizado por nuestros agentes, lo que denunciamos y condenamos públicamente” no me quedó más que preguntarme: ¿aplicaron ellos la navaja de Ockham?

De un lado tenemos la denuncia de 14 jóvenes que nos hablan sobre detenciones ilegales, tortura policial, ataque de doscientos individuos enmascarados bajo complicidad de la policía, así como robo de carteras, celulares, aparatos electrónicos y vehículos, apoyado por fotos, videos y señales de moretones y quemaduras de ácido. Además de testigos.

Del otro lado tenemos a la institución policial que llama a todo esto “intereses oscuros y malintencionados” En otras palabras una trama, una conspiración, una mentira elaborada acompañada por testimonios falsos, fotos falsas, videos falsos y testigos falsos

De ser falsas las catorce denuncias interpuestas ante la fiscalía por los jóvenes, hombres y mujeres, significa que se tuvo que hacer un guión muy bien elaborado de los eventos de la madrugada del sábado 22 de Junio, de tal forma que todos los testimonios concordasen en tiempos y eventos (que de hecho lo hacen) contar con pruebas técnicas de la falsedad de fotos y videos, invalidar las palabras de los testigos, presentar la versión de los policías presentes aquella madrugada. Y ya que estamos en ello, adelantarse a hacer una investigación exhaustiva de los eventos denunciados para terminar de una vez por todas con la campaña sucia de la que dicen ser objeto.

Yo aún tiendo a querer que en este mundo exista lo sobrenatural y lo mágico, por eso me gustan las teorías conspiranoicas en las que una sociedad secreta o grupos poderosos manipulan la realidad a su antojo. Pero luego me detengo y veo casos como el de #OcupaINSS y la Policía Nacional y empiezo a cortar con la navaja, ¿y saben que encuentro? que la teoría más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja.

Alberto Sánchez Argüello
Managua Nicaragua
30 Junio 2013



Imagen: foto Diana Ulloa/Confidencial 

lunes, 29 de abril de 2013

MI CUERPO




Por un buen tiempo viví contando mi edad en 18 años, no estoy tan seguro porqué, pero mi mente se resistía a entrar a los veintes. Y bueno, cuando se acercaban los 30 años me aterré, sentía como si una barrera del tiempo me acechara; una frontera que al franquearla me llevaría hacia lo desconocido: el lento, pero seguro proceso de ir envejeciendo.

Al final todo se reducía al temor más básico a la propia mortalidad. Me horrorizaba la idea de perder capacidades, sobre todo las mentales. Recuerdo alguna vez haber hablado con Manuel sobre un pacto suicida que evitara que llegáramos a la edad del Alzheimer.

Ya pasados los treintas mi edad se volvió difusa, pensar que tenía 18 era insostenible y empecé a alimentarme de los comentarios de la gente: usted no parece de 30, joven disculpe, ¿que va a querer muchacho?... Vivía mis miedos y vanidades desde mi interior, apreciando el cuerpo largo y delgado que los genes arguellos me trajeron desde la ciudad de León, seguro de que ninguna comida o falta de ejercicio eran capaces de hacer mella en mi figura.

Pero horror, pasando los 35 se empiezan a asomar zonas neumáticas, contenedoras de grasas que se asientan sin invitación ni previo aviso. ¿Qué le pasó a mi metabolismo acelerado? ¿Dónde quedó la supuesta hipoglicemia que mantenía todo en orden?

Mi cuerpo y yo nunca fuimos demasiado amigos, en principio le aborrecí durante décadas. El proceso de aceptación fue lento y accidentado y cuando finalmente alcancé el equilibrio le empecé a tratar, o mejor dicho, le seguí tratando a como trato al Land Rover año 1962 herencia de mi abuelo: sin agua y sin cuidado.

En ese sentido he sido fiel al arquetipo de la masculinidad latinoamericana, tratando mi cuerpo como una máquina que nunca se va a descomponer, haciendo caso omiso a dolores y síntomas de cansancio. Arquetipo que por demás está decir que es una soberana idiotez que sólo sirve para reducir la calidad de vida y enriquecer a las funerarias.

Hace unos meses atrás cayó en mis manos el “Diario de un cuerpo” de Daniel Pennac. Comencé despacio la lectura, por estar algo oxidado en el hábito de leer, confiado de acelerar más adelante; pero luego –a pesar de encontrar fascinante la lectura del registro de la vivencia corporal de una persona desde los 12 años hasta su último año de vida- seguí avanzando con la misma lentitud. Fue hasta llegar a los 50 años del personaje que entendí el motivo: no quería saber como era envejecer. Sin embargo me armé de valor y acompañé a aquel hombre textual hasta su muerte.

Reí con el libro recordando mi propia adolescencia y juventud y lloré con la muerte de sus seres queridos… le acompañé paso a paso en sus minúsculas intimidades como si se tratase del mejor amigo de mi vida. Nunca ningún libro me había acercado tanto a un personaje a la carne y hueso de la vida cotidiana. Y sin notarlo demasiado, sin tener tanta conciencia, algo cambió en mí. Me percaté de mis manos, de mi piel, de la piel de mis seres queridos, de sus brazos y piernas, de sus cuerpos y el mío. Mucha mente, muchas emociones, pero al final del día también somos esto: cuerpos que sienten, que dan, que reciben. Ahora sé y asumo que mi cuerpo tiene término, pero que el tiempo que tenga es para tocar y ser tocado, para sentir y hacer sentir… el cuerpo es para amar.


Alberto Sánchez Argüello
Managua 29 Abril 2013

lunes, 8 de abril de 2013

LEY 779

En el año 2012 La Asamblea Nacional aprobó la Ley 779, Ley integral contra la violencia hacia las mujeres, un proyecto impulsado por el movimiento de mujeres de Nicaragua. “La ley tipifica los delitos que en lo público y lo privado se comenten ejerciendo violencia contra las mujeres, en cualquier ámbito de la vida social o familiar. Se introduce el delito de feminicidio a la legislación penal nicaragüense y se penaliza ampliamente el ejercicio de la violencia física, psicológica, patrimonial, económica, laboral, el delito de sustracción de hijos e hijas y la violencia en el ejercicio de la función pública contra las mujeres. La ley establece las penas a los delitos nuevos introducidos y elevó las penas a los que estaban establecidos de previo”(www.enlaceacademico.org) En el 2013, un grupo de abogados interpuso recursos de inconstitucionalidad contra dicha ley. Entre los argumentos que contienen los recursos interpuestos están: Favorece arbitrariamente a un solo sector de la sociedad en detrimento del derecho de los hombres. Establece categorías muy amplias del sujeto a castigar (sujeto punible). No existe proporcionalidad en la pena con que castiga los delitos. Excluye la mediación, que es un principio de oportunidad. Viola el principio de igualdad porque a la mujer que comete los mismos delitos que el hombre se le aplica ley común y a los hombres ley especial. Viola el debido proceso porque autoriza notificar al hombre. Esto ha generado discusiones y artículos de opinión como el escrito por el abogado y notario, señor Valentín Barahona Mejía en el END el 27/3/2013, intitulado“Recursos por inconstitucionalidad contra Ley 779” El texto en cuestión apoya al grupo de abogados y pone en duda la validez de la ley, pero siguiendo la forma ilícita que plantea la dialéctica erística del arte de la controversia de Arthur Shopenhauer. En concreto se pueden ejemplificar dos estrategias utilizadas en el artículo de opinión para descalificar la ley y a las organizaciones de mujeres que la defienden. Cita del artículo “El panal ha sido alborotado; grupos radicales y extremistas llaman a plantarse ante la CSJ para coaccionar, intimidar y amenazar a magistrados; sin ética se insta recusar a la Sala Constitucional; embriagadas por el fanatismo acusan de agresores a ciudadanos que se oponen a la ley” Acá en vez de influir en el intelecto del lector(a) con razones, se influye en la voluntad por medio de motivos. Si a esto le sumamos las emociones (rabia, tristeza, etc.) tenemos un efecto mayor. ¿Y cuáles son los motivos que atribuye el señor Barahona a los(as) que promueven la ley? Cita textual: “El grupito anti-hombre está consciente que la Ley 779 tiene graves roces con la Constitución, pues contradice el principio de igualdad ante ley” Pues ni más menos que alguna especie de antagonismo totalizante hacia la masculinidad. Fijado el motivo (por el autor del texto) se puede descalificar cualquier argumento de este grupo, incluida por supuesto la ley 779. Esta estrategia se complementa al convertir al grupo de abogados en representantes de una cruzada, polarizando la discusión usando tintes éticos y emotivos: “Una vez en vigencia la ley, ciudadanos valientes y decididos, nadando contra la burda manipulación de grupúsculos minoritarios disfrazados de defensores de las mujeres, interponen recursos por inconstitucionalidad” Finalmente el texto procede de manera ofensiva, grosera y ultrajantemente; es decir, se pasa del objeto de la discusión a la persona del adversario(a), a la que se ataca de cualquier manera. El artículo llama a los grupos que apoyan la ley“grupos radicales y extremistas, sectores oportunistas, grupúsculos minoritarios disfrazados de defensores de las mujeres, grupito anti-hombre y movimiento fanatizado” Cien días desde que la ley entró en vigor disminuyó el número de mujeres que murieron a manos de sus parejas o exparejas, pasó de 64 en el 2011 a 55 en el 2012. Se registraron 115 mil denuncias interpuestas por las afectadas, mientras en todo el 2011 fueron 83 mil. Además, se registraron 1, 783 violaciones contra mujeres y niñas y en el 2011 la cifra total fue de 1,553 (LP 2012) Tomando en cuenta estas cifras me parece necesario que cualquier debate sobre esta ley sea de altura, respetuoso y sobre todo coherente con un principio fundamental: que no haya ni una mujer o niña, asesinada, violentada o violada, ni una más.