jueves, 15 de noviembre de 2012

El pájaro negro




Black bird singing in the dead of night
Take these sunken eyes and learn to see
all your life
you were only waiting for this moment to be free

The Beatles


Para noviembre del 84 yo tenía ocho años y me ocupaba en gastar una parte del tiempo en la casa de pochote que mi padre construyó en las brisas. La otra parte de mi tiempo le pertenecía al colegio nicaragüense francés, un colegio laico lleno de profesores fervientemente sandinistas, donde mis padres me metieron al no darles el presupuesto para el American Collegue. Mi cabeza tenía mucho espacio todavía, no había cultivado muchos recuerdos, apenas unos juegos de correr y esconderme inventados por mí, las borracheras de mi padre y todo lo que me dejaran ver en televisión antes de mandarme a acostar.

Los días eran iguales para mí, los mismos inviernos, los mismos veranos, que se repetían como si el tiempo fuera de melcocha y no de arena fina como ahora. Pero ese año sucedió algo memorable: una explosión en el cielo, que hizo temblar la madera de la casa, como si fuera uno de esos temblores tan comunes en la capital, pero era otra cosa, algo que nadie había visto nunca. 

Era un SR 71, un avión espía norteamericano supersónico, que causó un estampido que se oyó en Managua, Masaya y puerto Corinto; era parte de las operaciones que siguieron a la fragata estadounidense, que el día anterior se había internado a cinco millas del puerto, siguiendo a un carguero soviético, que, según Washington, transportaba aviones Mig.

Para mí el paso del pájaro negro –como llamaban los diarios al SR 71- era algo maravilloso, nada que ver con operaciones bélicas o transgresiones a la soberanía nacional. Imaginaba un avión largo y negro que rompía el cielo con su vuelo, casi arrastrando techos y casas como un huracán.

Ahora, miro 29 años hacia el pasado, e imaginó que la barrera sónica se rompe en infinitos fragmentos y los sonidos del pasado se mezclan sin orden ni tiempo: la voz gruesa de mi abuelo, el coronel Germán Sánchez, comunicándose por radio con las tropas enmontañadas de la constabularia, que buscaba a Sandino y sus hombres para matarlos; el teclear rápido de la máquina de escribir de mi madre, despachando los camiones estatales que llevaban a los chavalos en las cruzadas de alfabetización, a las montañas infestadas de contra revolucionarios; el sonido sordo y pesado de la granada de dos espoletas –que no explotó- al golpear la espalda de mi tío Benjamín Argüello, cuando era zapador en el servicio militar de reserva; el estruendo del revolver de Benjamín –ya desmovilizado y en el desempleo- firmemente pegado a su barbilla; el llanto de mi primo Giovanni cuando regresó en uniforme del servicio militar patriótico, sólo para encontrar la vela de cuerpo presente de su padre Benjamín.

El pájaro negro pasa y se lleva con él todos esos sonidos; yo simplemente sigo jugando, sin saber que dentro de 29 años recordaré aquel estruendo, tan parecido a lo que debe ser el sonido de una bala.

Alberto Sánchez Argüello
15 Noviembre 2012 

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